Actualidad, Derecho, críticas de los actos políticos. Soy perfecto pero prefiero negarlo, le temo a los envidiosos y a las envidiosas.
Se trata de la colección completa de las obras de Jorge Luis Borges, publicada por el diario "La Nación" (viene con la edición dominical más $25, son más o menos $30 por semana, la colección tiene veinte libros).
Si René Descartes viviera en en la Argentina de hoy y decidiera escribir el Discurso del método cambiaría la frase fundacional pienso luego existo por: prejuzgo, luego existo. Eso sería una modernización y asimismo evitaría las burlas de los estudiantes ante la enunciación en latín cógito ergo sum.
En los tiempos actuales prejuzgar está dejando de ser un defecto para convertirse en una virtud. Preguzgar nos permite elegir entre la gran oferta de marcas. Decenas de empresas producen objetos destinados a lo mismo. Hay decenas de marcas de televisores LCD, de papel higiénico, de automóviles, de rollos de cocina. Hay centenares de modelos de teléfonos celulares, de cámasrsas fotográficas, de memorias sólidas y no sólidas ("flash", discos rebatibles y demás parafernalia). Hay chinos, industria argentina, brasileños, de diseño europeo, norteamericano, coreano, japonés. Entonces, a la hora de comprar solemos guiarnos por prejuzgamiento.
Por ejemplo: el diseño escandinavo es superior al estadounidense, el diseño estadounidense es superior al japonés, el diseño japonés es superior al chino. Se piensa en adquirir "las cosas lindas", las de aspecto "pesado" pierden interés. Lo que usa el vecino - ¡ese un tipo gritón y de mal gusto...! - seguramente es malo. En cambio, el otro vecino tiene gustos refinados, lo que él usa es bueno.
Sobre esas bases resulta simple elegir. Y dado que vivimos eligiendo, aunque más no sea entre las cebollas blancas y las coloradas, sin el prejuzgamiento tendríamos la angustia subida a la garganta mañana, tarde y noche. Nos pasaríamos horas en el supermercado intentando elegir entre las marcas de leche fluida, determinando si será leche envasada en saché o en cartón (tetra brick), además debemos elegir entre leche fluida o leche en polvo.
El problema terrible es descubrir, tras usar el producto, que nos equivocamos, que había algo más barato y mejor. Que lo diseñado en el “tercer mundo” se adapta más a las escasas posibilidades de la infraestructura argentina, mientras que lo ideado en Suiza, Suecia y norte de Italia sólo es apto para soportes sofisticados, de modo que gastamos mucho y tenemos poco rendimiento.
Un típico prejuicio de “la crema y la manteca” de los lectores argentinos es considerar a los libros vendidos en los quioscos de diarios como si fueran de segunda categoría, defectuosos, faltos de gracia y virtud. Un argentino o argentina con veleidades de alcanzar el podio de los lectores desdeña con horror, hasta la idea de adquirir una obra maestra de la literatura exhibida en una casilla de chapa (léase kiosko o quiosco) junto a la tapa de una publicación con el título “River se fue al descenso” o “Fulanita se operó las lolas”.
El lector “top race” y la lectora que usa Chanel N° 5 compran los libros únicamente en librerias acreditadas, atendidos por vendedores pulcros capaces de relatar con pelos y señales las múltiples agachados de Ernesto Sábato, quién cambiaba páginas enteras de cada edición de “Sobre Héroes y Tumbas” al compás de los gobernantes, poderosos y preferidos de la aristocracia del tiempo de publicación de la edición en curso.
Confieso que yo era excluidor de quiscos. Al menos lo era. Nunca estaba dispuesto a comprar un libro de Jorge Luis Borges en el mismo quiosquito donde día a día adquiero el diario “Primera Edición” de Posadas y “Libre” de Buenos Aires, más alguna revista semanal y la infaltable “National Geographic Magazine en español”.
Bueno, nunca digas nunca. Un día, hace unas semanas, alguien “que sabe” me dijo: “no te pierdas la colección completa de Jorge Luis Borges, viene con el diario La Nación de los domingos”. Mi primera reacción fue rechazar espantado la sugerencia heterodoxa y profana.
No obstante, con pudor fui al quiosco al siguiente domingo a la noche para ver ¿que era? el extraño producto consistente en “poner la biblia junto al calefón” según la clásica definición de Discepolín.
Para el lector de la gran metrópoli, le aclaro que los diarios de Buenos Aires llegan a Posadas desde el mediodía en adelante, porque las frecuencias de vuelos de la ciudad capital de Misiones son escasas. Salvo, claro está, algún diario con imprentas regionales, y, que yo sepa, hasta hace poco lo era “Libre”, actualmente el que sí tiene una imprenta para el nordeste argentino en la ciudad de Resistencia es “Ámbito Financiero”. Vivir lejos de “la gran metrópoli” es “out” en la Argentina.
Sigo el relato. Superando alguna repugnancia, tratando de no ser visto por los conocidos, arriesgué a comprar “La Nación” con la primera entrego de las obras completas de Borges. Escondí como pude la compra. Presuroso corrí a casa. Escondido en el desván comencé la aventura de hojear “el clásico comprado en el quiosco”. Me sentía como un viajero europeo del siglo XVII entrando disfrazado de mercader bereber en la ciudad prohibida de Tomboctú.
Como casi siempre en las plebeyas ediciones quiosqueras, el “gancho” consiste en dar al comprador dos libros al precio de uno con la primera entrega. Así, adquirí dos libros, los números uno y dos de la serie que será de veinte, siempre y cuando antes la cruel bruja CFK no liquide al grupo Clarín (cosa que, en apariencia, la “corpo”, la “opo”, Macri, Los Midaci - ¿o eran Les Luthiers? no me acuerdo – y el capitalismo internacional reunido al efecto por Obama en Camp Davids, están dispuestos a impedir en beneficio del Ogro Magnetto).
Vaya sorpresa. Los libros decían “La Nación” en letras destacadas. Pero en un rinconcito se leía “Sudamericana”. O sea: La Nación “da la cara”, sin embargo la colección está a cargo de la multinacional Sudamericana que, tengo entendido, es dueña de toda o parte o fracción, de los derechos de autor de la obra completa de Jorge Luis Borges. Como vemos, se trata de una confabulación internacional destinada a contaminar a los argentinos - y argentinas - con la obra de Jorge Luis Borges. Éste, a pesar de ser considerado el más relevante escritor en lengua española del siglo XX - quizás lo sea también del siglo XXI si no surge otro - tuvo de mala idea de burlarse del fútbol, ser antiperonista y profesor de literatura inglesa en la Universidad de Oxford. Por ello Borges no debería ser leído por ningún latinoamericano de nuestro continente progresista.
Y bien, mal que me pesase, estaba en presencia de una verdadera joya editorial. Libros correctamente encuadernados, la edición cuidadosa, los textos en la letra adecuada, ni pequeña que hace lagrimear, ni grande que cansa.
Para peor, el precio es buenísimo. Hasta contando el diario “La Nación” (de compra obligatoria con el libro) el precio final de la colección será de aproximadamente seiscientos pesos ($ 600.-). Una ganga. La colección similar de venta en librerías, publicada asimismo por la misma maléfica Editorial Sudamericana, tiene un precio de tapa, de más o menos el doble.
Contiene la prosa de Borges, la poesía, las obras en colaboración, lo de Borges en la revista “Sur” y otros escritos. Son las obras completas de Borges.
Pregunto: ¿serán realmente las obras completas de Borges? Dudosamente lo serán, por más eficientes y escrupulosos que fueran los compiladores. En efecto, Borges comenzó a publicar poesías y prosas a los quince años. Siguió haciéndolo hasta los ochenta y cinco. Setenta años de labor.
Conste que él no supo hasta la vejez, que sería consagrado como uno de los grandes maestros de la literatura universal, ¡qué torpe era Borges!
Hay un pequeño libro de poesía escrita por Borges a los quince años. Lo publicó pidiéndole a la propia familia que pagara a imprenta como regalo de cumpleaños. Es una obra perdida, nadie tiene siquiera un ejemplar hecho trizas e incompleto. Hay colaboraciones de Borges en separatas en español del periódico de Buenos Aires “Idische Zeitung”. De éstas pocas se conocen, en realidad creo que es una sola, los demás parecen estar perdidos. De la misma manera Borges entregó notas al diario “Crítica” de Buenos Aires. Se salvaron los que luego constituyeron la “Historia Universal de la Infamia”, los demás se desconocen.
Sófocles, de haber sabido que decenas de siglos después de muerto las obras teatrales por él escritos seguirían siendo leídas, traducidas y representadas, quizás hubiera tomado ciertos recaudos destinados a conservarlas. Sólo se vio a si mismo cual un exitoso autor popular de éxito contemporáneo. Más o menos como un moderno guionista de telenovelas. En consecuencia, muchas tragedias de Sófocles se perdieron ¡Qué torpe era Sófocles!
Algo similar ocurrió en toda la historia con los literatos célebres. Hasta hay casos notables. Es dudosa la existencia misma como ser humano de William Shakespeare. Podría tratarse de la denominación colectiva de un grupo de actores, a la vez escritores ¡Qué inexistente era Shakespeare!
En cuanto a Franz Kafka, parecería haber más relatos inéditos, váyase a saber el motivo de esconder sus obras, o de su publicación demorada.
Corolario: nunca una recopilación de “obras completa” es realmente completa. La colección comentada no será excepción.
Bien. Preguntas finales. ¿Es esta una confiable recopilación de Borges? Sí, lo es ¿Está bien impresa? Sí. ¿Es buena la relación precio producto? Otro sí.
¿Espera usted que yo le preste la colección luego de haberla comprado? Ni lo sueñe, vaya y cómprela.
Y como decía Tato Bores, “vermú con papas fritas y good show”.