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Actualidad, Derecho, críticas de los actos políticos. Soy perfecto pero prefiero negarlo, le temo a los envidiosos y a las envidiosas.

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Historia de una biblioteca. De Platón a Nietzsche. de Tomás Abraham

 

El libro Historia de una biblioteca. De Platón a Nietzsche.

Autor: Tomás Abraham

Editorial Sudamericana, Buenos Aires, año 2010 Pri­mera edi­ción.

Comentarios tras la lectura:

          Soy lector bastante compulsivo. Sin embargo, nunca me interesó saber de la vida y anécdotas de mis au­tores favori­tos. Así, he leí­do y releído a Jorge Luis Borges, y jamás leí nada sobre Borges. Soy, diría­mos, fanático de Borges. Sin embargo, si en vida de Borges hubiera sido invitado a cono­cerlo perso­nalmente proba­blemente habría dado la negativa por respuesta.

          Pero los tiempos cambian. Hoy es facti­ble ver y escuchar a cualquier personaje de las letras sin ha­berle leído letra algu­na. Y sin esfuerzos. La televi­sión y la In­ternet hacen todo por noso­tros. Algo de eso, ocurrió entre Tomás Abraham y yo. Acaeció de la siguiente forma.

          Hace unos años (calculo, con pocas pre­cisiones, hace entre diez a quince años), no sabía siquiera de la existencia de To­más Abraham. Por entonces co­mencé a ver un programa de televi­sión por cable. Lo conducía Antonio Carrizo, acompa­ñado de Juan José Sebrelli, un señor cuyo nombre no re­cuerdo y Tomás Abra­ham. El formato del programa era senci­llísimo. Antonio Carrizo proponía un tema filosófico, históri­co o de actuali­dad. Sebrelli, Abraham y el señor opina­ban, Carrizo repregun­taba y purgaba, ge­nerándose una tormenta intelectual inte­resante.

          Tomás Abraham llamaba la atención. So­lía vestir un buzo (o re­mera) en aparien­cia gastado, cu­briendo la cabeza con un sombrero tejido en numerosos colo­res, parecido a los que - tiempo después - vi usar al Rabino Sergio Bergman. Por el ape­llido Abraham y de menciones he­chas por el mismo Abraham, co­legí su condición de judío. Consideré que lleva­ba el colo­rido tocado por razo­nes religio­sas. No re­sultaba ser ese el motivo. To­más Abraham es, efectivamente ju­dío. Pero en el pro­grama te­levisivo lucía el colorido gorro porque el aire acondicio­nado propio del lugar le enfriaba la cabe­za semi­calva.

Simpaticé, vía “caja boba” con Tomás Abraham. Ha­blaba poco y decía mucho. Le resultaba evi­dente la erudición y sin embargo parecía gustar del perfil bajo, a veces opinando sólo cuando los de­más parti­cipantes lo invitaban expresamente a ha­cerlo.

          Un día topé en una librería con un libro de Tomás Abraham, “La empresa de vi­vir”. Lo compré por mera curiosidad. Eso de de­cirse: “¡Ah! Este es el tipo desprolijo de la tele, veamos lo que escribe.”

          Me gustó el estilo de Abraham. Tocaba temas, de esos, llamé­mosles, “serios”, con desparpajo, los rela­cionaba con da­tos de la vida cotidiana y hechos de su vida, en especial de la infancia y ado­lescencia.

Bueno. No digo más nada de “La Empresa de vivir”. No es el motivo de este artículo. Paso directa­mente a “Historia de una biblioteca - De Platón a Niet­zsche”.

          ¿Quieren que les defina con pocas pala­bras, de qué trata el libro? Nunca resultó tan fácil la tarea. Es el repaso de una bi­blioteca - o sea, un espacio físico lleno de libros - de una biblioteca filosófica, la misma comienza cronológicamente con Platón y concluye con Nietzsche.

          Y ahí nomás, en la definición del libro, empieza el problema. El problema es - a la vez - la diver­sión. Se trata de una defi­nición igualmente verdadera y falsa. Se­ría verdaderamente auténtica si el libro fuera un manual de filosofía, al menos de la filosofía occiden­tal, con inicio en Platón y conclu­sión en Nietzsche.

          El tema es que, de ese período - unos tres mil años ... siglo más o menos … bah!, que son cien años - To­más Abra­ham no escri­bió en el libro toda la filoso­fía habida en tanto tiempo. En cambio, agrega informa­ción y jui­cios aparente­mente ajenos a la filosofía. Y, “para pior” (Inodoro Pereira dixit), va pasando Abraham de ex­plicaciones sesudas a to­nos zumbo­nes, anécdotas de su propia vida, compa­raciones fut­boleras y etc. Todo sin so­lución de continuidad. Cuando el lector se toma el libro en se­rio queda sin aliento. Si lo asu­me en broma queda apabullado porque Tomás Abraham es él, el au­tor no la obra, una gran carcajada. No es la risa insolente de la re­vista porteña, ni la risa fingida y cargadora de Marcelo Tine­lli. Es una alegría para adentro que se expande al lector. Es hablar muy en serio del fi­lósofo holandés Benedicto Spinoza y renglón seguido apodarlo “Benny el espinoso”. Es relatar en la mitad de un libro de filoso­fía su infancia en Buenos, donde llegó de niño, nacido en Ruma­nia, con los pa­dres húngaros judíos.

          Abraham llegó a Buenos Aires siendo suficiente­mente pequeño como para con­vertirse con el correr del tiempo en un perfecto porteño. Pero de­masiado grande y entonces le costó en un prin­cipio comprender el castellano (en la casa se hablaba húngaro). Fue tartamudo y le quedo una mínima di­ficultad en la comu­nicación hablada. Hizo la prima­ria y la secundaria en Buenos Aires. Ingresó en la Universidad de Buenos Aires sin terminar los estu­dios. Con diez y nueve años se fue a Francia sin sa­ber una pala­bra de francés y concluyo por doctorarse en filosofía en la Sorbona y Vincennes como discípulo directo de Michel Fou­cault. Fue testigo presencial del mayo francés. Tuvo trato fre­cuente con la po­derosa intelectualidad francesa nacida “del fango y la sangre” (diría Foucault) de la Segunda Guerra Mundial que hizo eclosión en la década del ´70 del siglo pasa­do y proyecta hasta hoy algunas sombras y muchos claros en diver­sas disciplinas a nivel mundial.

Ocho años estuvo Tomás Abraham en Francia. Después viajó a Oriente. Fi­nalmente regresó a su pa­tria adoptiva, la Argentina, y a la ciudad que lo tiene por hijo dilecto, Buenos Aires. Volcó la rica expe­riencia y la voluntad de estudio en diversas institucio­nes. Intervino en la fundación de la Aca­demia Argentina de Filo­sofía. Es profesor titular de filoso­fía en el ciclo Básico Común de la Universi­dad de Buenos Aires. Colabora como co­lumnista en periódi­cos argentinos. Publi­có quizás una veintena de li­bros, sólo y también como figura descollante de una institución in­formal prolífica inte­lectualmente, los Amigos de los Jueves (a veces denominada Semina­rio de los Jueves). Obtuvo pre­mios, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universi­dad de Salta.

         Probablemente hay imprecisiones en la “super sucin­ta biografía no autorizada de Tomás Abraham” que antecede. La armé de memoria en los recuerdos de las men­ciones de Tomás Abraham en los li­bros que él escribe y una que otra “chupada de media” de las presentadores televisi­vos que lo lla­man a sus pro­gramas donde intentan transformar al filósofo en opinólogo muy a su pesar. Vamos a de­jarlo en claro. Si un galán quiere asombrar a la jovencita recitando datos y detalles de filósofía, no lea “Historia de una biblioteca”. El título suena a manual de filosofía univer­sal, pero no lo es. Abraham no escribe pen­sando en un “lector estándar”.

          Abraham no es un comunicador. Escribe con la fina­lidad de su propio y exclusivo divertimento. Si los lectores lo entienden bien. Si no, a Abraham no se le mueve un pelo de los pocos que le van que­dando.

          ¿Desprecio a los lectores? No a mi en­tender los ma­estros de to­das las artes actúan así, y así lo hicie­ron desde que el ser huma­no pudo labrar una roca o pin­tar una caverna. Intelectuales y artistas - para el caso es lo mismo, se confunden los conceptos – hacen las obras para el gozo de ellos, ensi­mismados en la ale­gría o la angustia de crear. Los mortales comunes los admiran porque les son transmitidas las emociones del maestro. Quienes piensan en satisfacer al público a cambio de un puñado de bille­tes constituyen me­diocridades olvidables.

         Cabe preguntarse ¿cómo hizo entonces Juan Se­bastián Bach? Él compuso músi­ca por encargo y se convirtió en una de las máxi­mas figuras de la música de Eu­ropa. Por lo tanto, parece posible elabo­rar una obra maestra y a la vez satisfacer a un cliente. Esta última es una enunciación falsa. A Bach los emplea­dores nunca le dieron indicaciones respecto de la forma y mo­dos de compo­ner. Sólo le decían quiero una misa “quiero un requiem”, “quie­ro una misa”. Y dejaban a criterio de Bach qué hacer.

          Gracias a esa diversión para sí mismo, Tomás Abra­ham se en­tretiene en “Histo­ria de una bibliote­ca” en aportar ingentes datos de la vida y de la época en que vi­viera Benedicto Spinoza, el ju­dío ho­landés ex­pulsado de la sinagoga por po­ner en duda la doctrina tradicional del ju­daísmo. Y nos re­cuerda que en reali­dad se llamaba Baruj Espinosa conforme a la tradi­ción familiar judío-española de los antepasados del filósofo obligado a sub­sistir de la dura tarea de talla­dor de cristales a cuyo polvillo de vidrio ab­sorbido por los pulmones le debió Spino­za la muerte prema­tura.

          Abunda Tomás Abraham en datos bio­gráficos e históricos. Sin ellos el libro sería insoportable te­niendo en cuenta la compleji­dad de los asuntos que nos trae en lo que, se supone, es lo sustancial: las sesudas elucubraciones de los filósofos a lo largo de treinta siglos. Abraham nos relata de la bre­ve biogra­fía de Blas Pascal escrita por su hermana (la herma­na de Pascal, no de Abraham) que inclu­ye una men­ción sobre el lugar donde el ascético Pascal saciaba las necesidades sexuales.

          Bueno no les contaré todo el libro, yo lo compré, pa­gándolo. ¿Es bueno o malo el libro? Debe ser bueno, supongo. Porque a mi, no me hizo daño. ¿Me gustó el li­bro? Si, me gustó. ¿Reco­mendaría leer­lo? Ni si, ni no. “Haced vuestras merce­des lo que os plazca.” Un antiguo refrán familiar reza: “Cada cual hace de su tra­sero un caramelo, y del caramelo un pito.” (Bien entendi­do que el texto ori­ginal no es “trasero”).

          Concluyo el artículo, tal cual lo solía ha­cer Tato Bo­res, que así finaliza­ba el pro­grama televisivo en una de las memora­bles temporadas: “Vermú con papas fri­tas y good show”.

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