Actualidad, Derecho, críticas de los actos políticos. Soy perfecto pero prefiero negarlo, le temo a los envidiosos y a las envidiosas.
El transporte urbano insuficiente produce pobreza, marginalidad e inseguridad.
Por falta de transporte público los barrios alejados y pobres de las ciudades se convierten en guetos, aislados, desvinculados del resto de los barrios.El aislamiento nocturno de las zonas marginales de las ciudades aumentan las adicciones, y disminuyen las posibilidades de empleo y de estudio.
La ciudad de Posadas es un ejemplo de errada política del transporte público. Posadas es la capital de la Provincia de Misiones, en una de las regiones más pobres del país. Tiene 350.000 habitantes. Pero en realidad tiene muchos más habitantes en días hábiles y horarios de trabajo. Concentra los trabajadores de ciudades, “el gran Posadas”, mientras oficinas y comercios están abiertos. Recibe la visita de habitantes del resto de la Provincia, que allí acuden por trámites en la capital provincial, servicios médicos, y hay personas en busca de mejores precios.
El movimiento de personas es fluido con la cercana ciudad de Encarnación en la República del Paraguay a través del puente sobre el Río Paraná. Posadas cuenta con universidades y oferta de espectáculos, todo ello es fuente de empleos.
En comparación a super poblados regiones de Asia y Europa, la ciudad de Posadas puede parecer a una aldea. Sin embargo, es un complejo mundillo de cientos de miles de personas moviéndose en todos sentidos, yendo y viniendo, entrando y saliendo. Posadas es un micro universo reproduciendo en pequeña escala a San Pablo, Beijing, Shangai. Buenos Aires, Nueva York.
El movimiento de personas se atiende precariamente. Una única empresa monopoliza la totalidad totalidad de los colectivos, buses, grandes buses y micro buses. La otra opción son los taxis que pueden ser abordados en las calles o llamados por teléfono, obviamente caros para la mayoría.
Una característica del monopolio en la ciudad de Posadas es la prohibición legal absoluta de proporcionar cualquier servicio de transporte que pudiera hacerle siquiera una mínima competencia al grupo empresario monopólico de transportes de pasajeros.
El monopolio de transporte es propiedad de una familia, Zbikoski. Por ley de la Provincia de Misiones el monopolio se ha hecho suburbano, alcanzando las localidades cercanas de Posadas también.
En números redondos, hay un territorio con 50 kilómetros de frente fluvial sobre el Río Paraná y 20 kilómetros de profundidad en territorio argentino, con una superficie de unos 1.000 kilómetros cuadrados, poblada por 500.000 personas (más los visitantes). Este territorio esencialmente urbano tiene como único medio de transporte, una empresa que utiliza vehiculos convencionales diesel (con gasoíl como combustible).
La inmensa mayoría de esos vehículos carece de aire acondicionado a pesar del clima subtropical húmedo de la zona. En la práctica no hay límite de pasajeros, estos suben y suben hasta que, más apretados que ganado en jaulas, simplemente no hay lugar en el rodado. En las horas pico el hacinamiento es la regla.
A pesar de que el servicio urbano en Posadas es – lo vimos – muy malo, ello no sería demasiada novedad en la Argentina. Casi todas las ciudades argentinas son iguales en ese sentido. Pasamos a aspectos que son bastantes propios de Posadas y de las ciudades con ghettos.
Esos rasgos algo propios, decimos, en realidad no son ajenos a toda la Argentina. Nos referimos a los horarios insuficientes y la absoluta inseguridad de las personas que viajan, tanto dentro de los vehículos colectivos como cuando esperan en las paradas, y cuando bajan. Los colectivos urbanos y suburbanos de Posadas dejan de funcionar a partir de las 22 horas (10 pm).
“Dejar de funcionar” significa que, en el mejor de los casos, el último colectivo de un trayecto (“linea” en la jerga argentina) sale de su cabecera a las 22 horas (10 pm). Cuando ese último llega al final de ese recorrido se suspende el servicio hasta el día siguiente a una hora que oscila (según el caso) entre las 5 horas (5 am) y las 6 horas (6 am).
Decimos que así “dejan de funcionar” y “en lo mejor de los casos”, porque fuere a través de la informalidad o por medio de concesiones de la autoridad, suelen haber reglas diversas. Tales son, “dejar de funcionar” a las 21 horas (9 pm) o hacerlo más temprano en una cabecera del recorrido que en el otro.
Los sábados, domingos y feriados las frecuencias bajan al compás de la disminución de pasajeros. También en esos días el inicio matutino de los servicios se atrasa, en ocasiones hasta despues de las 8 horas (8 am).
De todas maneras los horarios son flexibles. Muy lejos está Posadas de los carteles ubicados en todas las paradas indicándose con precisión de un minuto y hasta de 30 segundos, la llegada de cada colectivo. Y si bien cada tanto se “pintan” los horarios, nunca se cumplen.
Otra cuestión notable es la supresión de partes de un recorrido. En efecto, hay recorridos (“lineas”) que pasan por lugares que les significan hacer un desvío de una línea más o menos recta. Ello es obviamente necesario para cubrir algunos barrios alejados de las calles y avenidas mas frecuentadas. Entonces, cualquier pretexto es bueno para evitar llegar hasta esos lugares.
En general se acude a la hipócrita mención de “calles intransitables” (por lluvias), roturas, etc. En rigor de verdad, la mayoría de los colectivos urbanos de Posadas son chasis de camiones carrozados. Por ende son altos, con gran despeje, y pueden pasar fácilmente por cualquier calle con deterioros. Acortar el recorrido implica llevar las mismas cantidad de pasajeros haciendo menos kilómetros. Los vecinos de barrios alejados deben caminar a veces muchas cuadras, con lluvia o calor abrumador, para llegar adonde los colectivos pasen; y desde el lugar de descenso de los colectivos hasta sus casas.
¿Cual es el efecto de este cuadro desolador del transporte urbano de Posadas y alrededores? Los barrios humildes alejados se transforman en ghettos, aislados. Sus habitantes son estigmatizados. Pierden los empleos o no pueden trabajar, se les hace imposible compartir eventos lúdicos con el resto de la población; y muchas más consecuencias. La lectura del párrafo anterior puede parecer apocalíptico. Algunos lectores bien intencionados pensarán que exagero o fabulo.
Bien. Si usted esta leyendo este artículo, pertenece a una minoría en el mundo, y más pequeña en América Latina. Usted dispone de automóvil o puede pagar taxis, vive en un barrio quizás humilde pero no marginado. Es dueño de una adecuada lecto comprensión recibida como herencia familiar. Disfruta de un empleo o mínima renta, o pensión. Está a su alcance una computadora con conexión a Internet.
Un joven, una joven, criados en familia sin estudios, en un lugar definido como “villa miseria” en la Argentina, intenta seguir estudios más allá de los que les proporciona el entorno más cercano de su barrio. Digamos que intenta seguir una especialización simple, de fácil salida laboral. Claro está, probablemente deba atender a sus hermanitos menores o a un hijo propio, hacer algún trabajo para completar el magrísimo y no siempre accesible “salario universal” que paga el Estado argentino por cada hijo de padres desocupados, “salario” de 60 dólares por mes por hijo (en un país con precios superiores a los de Estados Unidos).
Digamos que elija, para compatibilizar con sus otras actividades del hogar y laborales hogareñas, de madre, padre, de hermano mayor, un horario de estudios de 19 horas (7 pm) a las 21 horas (9pm). Lo que llamamos una “escuela nocturna”. Al terminar su clase debe salir literalmente disparado a esperar el colectivo. Si se atrasa unos minutos no podrá regresar a la casa esa noche. Por ello le será imposible socializar con sus compañeros al concluir las clases y se apartará de ellos.
En esas condiciones es imposible progresar en los estudios. Al regreso a la noche, al bajar del colectivo, caminará cuadras con el riesgo de pandillitas, pedigüeños, drogados y borrachos. Si es mujer y ningún familiar atina a esperarla en la parada del colectivo, el regreso puede resultar ingrato.
Observemos el ocio de un joven adolescente. Ciertamente hasta los 25 años, los 30 años y aun más, todos fuimos noctámbulos. Máxime lo son los jóvenes que carecen de trabajo. Noche tras noche se quedarán sin dormir. En el verano esperarán literalmente el amanecer .Con energías sobrantes, faltándoles la posibilidad de trasladarse fuera de los límites de sus barrios alejados, es frecuente caer en la fácil seducción de drogas legales o ilícitas. El consumo obvio se dirige al alcohol. En este aspecto traigo datos que, cuando los conocí, me sorprendí. Desconozco si a todos los lectores les causará la misma impresión, aunque supongo que a muchos los asombrará. El relato es el siguiente.
Por razones profesionales, estaba reunido con seis o siete jóvenes de ambos sexo, de entre 18 y 25 años. Habían también tres personas de más edad, dos mujeres y un hombre. Todo el grupo resultaba unido por relaciones familiares o de amistad. Vivían en barrio periférico, cuestionado por lo peligroso. Siendo el ambiente era de gran confianza, se explayaban libremente. Venía la cuestión alrededor de la conducta de un joven allegado a ellos, de 20 años, quién cometió una falta. Pregunté si ese joven transgresor había bebido alcohol antes del hecho. Una jovencita respondió:
– No. Bueno, si, pero poco.
Pregunté “cuanto bebió”, y la misma persona respondió:
– Salió a las 10 de la noche de su casa, hasta las dos de la madrugada (2 am) tomó cuatro “tetras” – Se refería al vino envasado en Treta-Brik, cada envase contiene un litro. O sea, bebió cuatro litros en cuatro horas.
– ¡Tanto bebió! – comenté con sorpresa.
– ¡No! Cuatro “tetras” en cuatro horas no es mucho, más bien es poco – me explico otra mujercita presente.
Al aumentar mi sorpresa, miré a la mujer de máyor edad, persona que resultaba ser la de mejor comprensión y capacitación del grupo. La indagué al respecto y dijo:
– Por supuesto, cuatro litros de vino tomados en ese tiempo, de cuatro horas, es normal.
– ¿Cuanto es mucho, entonces? – seguí preguntando.
Tras alguna risa nerviosa y gestos dubitativos tiene respuesta. En la consideración del grupo, diez litros de vino consumidos por una persona en una noche, si es “mucho”. Por supuesto, no tan “mucho” como para terminar en un hospital por intoxicación etílica aguda.
Los diez “tetras”, diez envases de Tetra-Brik de un litro cada uno, 10 litros en total, implican una borrachera “común”, tal el concepto de mis interlocutores. Como comparación, cuatro litros de vino equivalen en consumo etílico a una botella de whisky de tres cuartos de litro. Diez litros de vino, a más de dos botellas de whisky.
Cuando hice el comentario entre mis amistades, dijeron: “no les pasa nada, es gente acostumbrada, si vos tomás esa cantidad te mata, pero ellos están acostumbrados”.
Diferente es la opinión de dos médicos especialistas en adicciones a quienes consulté por separado. Ambos coincidieron en la experiencia de normalidad que suele presentar el consumidor de bebidas alcohólicas de bajo contenido etílico como es el vino. La asimilación progresiva y la hidratación, ambas características del vino, evitan la imagen de borrachera rápida, estrepitosa, del whisky, caña, fernet, etc. Sin embargo el deterioro intelectual, volitivo, fisico, del consumidor frecuente de “cuatro tetras”, es grave.
Si todo se limitara al alcoholismo, probablemente los habitantes de los barrios aislados y muy pobres no se diferencirían tanto de una importante cantidad de argentinos. Recordemos que los argentinos tenemos el dudoso privilegio de tener el mayor consumo per cápita de alcohol etílico del continente americano. Hemos “logrado superar” a los países con tradición de terribles bebedores, como Estados Unidos y Cuba.
No más del 5% de los pobladores de esos barrios cuentan con trabajos formales. Tras ellos, entre un 25% y un 40% tienen trabajos informales, pensiones y subsidios por desocupación, todos con montos bajísimos, muy insuficientes para el estándar de una mínima vida humana moderna. La mitad aproximadamente carece de ingresos.
Tienen la posibilidad de subsistir – mal pero subsistir – porque no pagan nada por las viviendas donde habitan se por compra o alquileres. Con anuencia de las empresas proveedoras tienen conexiones clandestinas de agua y de energía eléctrica (de agua que suelen carecer de conexiones domiciliarias, sólo cuentan con canillas comunitarias). La educación y la salud están lejos de estándares internacionales pero son gratuitos. Existen comedores comunitarios sufragados por el municipio, la provincia, organizaciones privadas caritativas y cultos religiosos.
Se dirá: “comparados con el cuerno de África, viven en la abundancia”. Deberáamos responderles: “torpes, mal de otros consuelo de tontos”.
Cuando cae la noche los jóvenes sin trabajo se juntan. Bueno, eso hacen los jóvenes, en todo el mundo, cuando cae la noche: se juntan.
El problema de los barrios aislados es: ¿que hacen los jóvenes sin trabajo ni estudios, a la noche? La respuesta resulta simple para algunos: nada, haraganean.
Pero nadie puede haraganear día y noche. Nadie puede pasar noche tras noche en vela, máxime siendo joven, sin resistirse a los cantos de sirenas: bebidas alcohólicas y paco. Y bebidas alcohólicas y paco – y otras drogas baratas – hay bastante en los barrios marginados y aislados de Argentina. En función de ello es simple entender un clásico modismo del español: “Circulo vicioso”.
Con disponibilidad de transporte urbano y suburbano seguro durante todos los días del año, y las veinticuatro horas del día, los jóvenes podrían salir de sus ghettos, recorrer la ciudad propia y las ciudades vecinas.
¿Recorrer por recorrer? Sí. Es propio de la juventud hacerlo. Quizás el pretexto sea visitar amigos con domicilios en sitios alejados de su barrio, ir a tomar fresco en verano a orillas del río y del lago, concurrir a una avenida donde suelen pasear personalidades conocidas, deportistas, artistas, mujeres bellas y hombres elegantes (practicar el común voyeurismo de todos los jóvenes humildes del mundo).
Otros pretextos: ir a un cinematógrafo en ciudades dónde éstos escasean o están concentrados en un área pequeña de la ciudad, mirar vidrieras, concurrir a un lugar bailable, ver un espectáculo deportivo, llegar al amanecer a un parque donde – dicen – al salir la luz se ven fantasmas esconderse entre los árboles (mentiras vendibles a foráneos y nativos, siempre vigentes como “el Área 51”, “El monstruo del Lago Ness”, “El jinete sin cabeza” ...).
Vagar con o sin rumbo estimula la interacción, tanto con los compañeros de vagancia como con los recién conocidos. Recorrer y andar son antídotos contra el etnocentrismo cultural. Para los jóvenes, eso es reproducir en ínfima escala las aventuras de Marco Polo. Abren sus mentes, pasan a tener temas de conversación en común con el resto de los habitantes de la ciudad.
Andar y andar es también convertir las adicciones en cansancio, dormir ante el embotamiento de los sentidos por tantas cosas vistas y oídas, no por el sopor del alcohol, de los psicofármacos, de las drogas soporíferas.
Claro está, creer que todos los problemas de los jóvenes pobres y marginados acabarán con proporcionar un correcto servicio de transporte urbano, es utópico.
Pero estoy seguro que, hágase lo que hiciese en bien de quienes viven en barrios alejados y marginados, sin un adecuado sistema de transporte urbano y suburbano colectivo, hacia y desde esos barrios, no podrán solucionarse, ni la situación de marginación de los habitantes de esos barrios, y tampoco la inseguridad urbana de las ciudades donde hubieren barrios así.