Actualidad, Derecho, críticas de los actos políticos. Soy perfecto pero prefiero negarlo, le temo a los envidiosos y a las envidiosas.
Soplaba una brisa primaveral en el templado invierno subtropical del país. Yo estaba leyendo el periódico sentado en el bar del patio descubierto del centro comercial. Sentí una presencia a mi lado y oí una voz conocida saludando. Era ... bueno, no debo dar el verdadero nombre. La llamaré Rut en recuerdo de una de las más bellas historias de la Biblia.
Rut vestía informal, según su estilo: un buzo deportivo y un jean. Me pareció excesivamente alta y el lado indiscreto del ser humano miró de refilón los pies de Rut. Los vi calzados con elegantes zapatos de charol, de tacos altísimos y finitos. Hasta entonces siempre la había conocido de zapatillas. Entendí la razón de la mayor altura.
Rut es una clienta bastante habitual. Sus problemas fueron - y son - : reclamos de alimentos para los hijos; discusiones con los bancos emisores de tarjetas de créditos; juicio contra los entes recaudadores por impuestos y tasas inmobiliarios mal liquidados o ya abonados; en una ocasión un colectivero enardecido hizo caer y empujó hasta destrozarle la moto de baja cilindrada mientras Rut huía ilesa y despavorida. Estos líos generalmente de baja rentabilidad atiborran los estudios jurídicos.
Vi a mi clienta acalorada, por lo visto había transpirado mucho con dos bolsas pesadas, de cartulina brillante y en grandes letras se leía la conocida marca de una empresa fabricante de ropa.
Un cuentapropista – eso es un profesional universitario – nunca debe olvidar la cortesía, es el único marketing a su alcance. Invité a Rut a sentarse, sugiriéndole beber una taza del reputado café ecuatoriano del bar. Aceptó diciendo:
-- Necesito un descanso. Los zapatos me están matando. No estoy acostumbrada a los tacos altos.
Miré el calzado de la mujer como si recién lo advirtiera y le manifesté mi asombro por el hecho de verla así calzada, recordándole que ella misma manifestaba con orgullo tener sólo zapatillas.
Rut es una persona habitualmente de buen talante. Sin embargo mantenía un gesto adusto. Dijo:
-- Mire, justamente respecto de los zapatos quería hablarle. Resignado, decidí prestar atención a una más, de las conocidas "consultas profesionales al paso". La mujer inició el relato:
-- Estaba sola. Delante mío había una caja con ropa. Me desnudé totalmente. Abrí la caja. Saqué un corpiño. Me lo puse. Era rojo, carísimo, tenía finísimo encaje. Y me iba de maravillas. Entonces miré en el espejo la entrepierna desnuda, que parecía horrible ante la vista del hermoso corpiño. Desvié la mirada del espejo, saqué de la caja la bombacha también roja y me la puse. Quedé anonadada ante esa bombacha reflejada en el espejo, de finísimo satén, algodón y encaje, con suaves y precisos elásticos. ¿Sabe usted? Siempre sentía molestia por el tamaño de mis labios vaginales, son enormes, no me gustaban ...
La interrumpí:
-- Rut, yo no soy la persona adecuada para conocer detalles de su cuerpo. Reláteme sólo lo sustancial para que yo pueda elaborar una respuesta profesional ...
En ese punto, ella interrumpió mis palabras:
-- Se equivoca. -- Dijo secamente y siguió:
-- Esta no es una consulta profesional y usted es exactamente la persona que puede responder a mis inquietudes. Tuve suerte al encontrarlo. Si usted dispone de un breve tiempo, por favor escuche. Los clientes suelen tomar a los abogados de confidentes en temas delicados extraños a nuestro trabajo. De modo que asentí. Rut continuó:
-- Le decía, tengo labios vaginales enormes y no me gustan, al menos no me gustaban. Por ese motivo no uso mallas de baño pequeñas. Temo en especial las miradas de un hombre en los momentos íntimos, él podría ver una vagina muy grande y creer tantas cosas, por ejemplo que soy un transexual mal operado, o un monstruo, un adefesio. Pero al ponerme la bella bombacha roja de precio inalcanzable, tan hermosa y perfecta, por primera vez en mi vida sentí placer de observar la entrepierna. Le digo más, fue la primer ocasión en mi vida que amé mi vagina y sentí armonía con mi cuerpo. Después ajusté portaligas, medias, calcé zapatos como éste, caros, altos, de tacos finísimos. Ya estaba maquillada y peinada. Salí. Afuera había un pasillo breve. Llegué al estudio. Esperaban allí los fotógrafos, maquilladoras, estilistas, iluminadores, electricistas, productores. Inicié la sesión de fotos, para eso había sido contratada por esta marca de ropa interior. –- Señaló las letras de las bolsas de cartulina brillante.
Al llegar a ese punto del relato ya estaba muy incómodo. Por un instante pensé en irme haciendo gestos de encono. Opté por quedarme. Debo confesarlo: esa decisión no fue motivada por el razonable afán de mostrar buena educación ante una clienta a la cual había invitado a tomar un café. No. Fue simple y espantosa curiosidad. Rut siguió hablando:
-– Fue agotador. Debí cambiar de corpiños, bombachas, medias, zapatos, ponerme guantes de raso hasta el codo, sacarme y ponerme prendas, pararme, caminar, sentarme, acostarme en un diván, simular comer un postre helado, sostener una copa de espumante. Seguí fiel y mansamente, sin chistar, todas y cada una de las instrucciones. Al final la jefa de producción anunció la finalización de la sesión de fotos con palabras burocráticas: "¿Trajistes las constancias fiscales y previsionales, el talonario de recibos y el documento de identidad?". Dije "si" y ella dijo: "Vestite y pasá por la administración, te van a pagar. Pero antes la representante de la fábrica de la ropa te quiere hablar." Una mujer espetó con tono amable pero muy apurada: "Estamos muy contentos con vos. Fue una sesión de fotos espectacular. Como premio, te regalamos todas las prendas conque te fotografiaron, las de nuestra fabricación y los accesorios, zapatos y todo lo demás. Te volveremos a llamar para otras campañas publicitarias. En administración te harán firmar una constancia detallada de lo que te llevás." Tras ello, "chau". Llegué al camerino. Decidí salir del estudio con ropa usada para modelar. Debajo del buzo tengo un corpiño negro de precio inalcanzable y debajo del pantalón una bombacha haciendo juego que me hace amar la vagina antes odiada. Ahora, viene la pregunta.
Para entonces, más intrigado que azorado, traté de entender como Rut había llegado al estudio de fotografía. Comenté:
-- No sabia que usted se dedicaba al modelaje.
-- No. Nunca antes fui modelo. Es la primera vez. -- Respondió Rut y aclaró:
-- Ocurre que la fábrica quiere vender su ropa interior "premium", carísima, a mujeres maduras porque, según dijeron, ellas tienen más poder adquisitivo que las jóvenes. Buscaron en los gimnasios de la ciudad. Usted sabe, un vida es un desastre, constantemente cambio de pareja, de trabajo, de vivienda alquilada, de proveedor de internet, estoy atrasada en las cuentas del agua, luz, teléfono, tarjetas, impuestos. Tengo una única virtud, logro mantenerme físicamente en forma, voy al gimnasio con regularidad, no fumo, no uso drogas y me emborracho sólo cuando las circunstancias lo justifican. Al verme dijeron "vos sos la persona del aspecto ideal, tenés un físico cuidado y a la vez te parecés a cualquier mujer de tu edad, eso queremos". Ante la oferta de trabajo, como yo siempre ando sin un centavo, acepté volando. Ahora le pregunto a usted: ¿Si yo hubiera usado siempre ropa interior fina, cara, suave, hermosa, mi ex – digo, uno de mis ex, me refiero al padre de mis hijos – es quizás posible, que no me hubiera abandonado? Sólo usted sabe la respuesta, porque se pasó años y años siendo mi abogado en los juicios contra él, después de separarnos. Conoce a ese ex, sabe como piensa.
Santa inocencia, la de Rut. Nunca sabrá, que yo no sabía y nunca sabré la respuesta. Claro está, todos sabemos que yo pasé hace mucho tiempo el medio del camino de la vida, y por ello sí sabía, que era imposible dejar sin respuesta a Rut. Y que la mejor respuesta era aquella que Rut quería oír. Medí cuidadosamente las palabras:
--No. Su ex igual la habría dejado. Él, no era para usted. Sabía que usted es mucho más que él, como ser humano. Y en el único momento de lucidez, decidió abandonarla. Lo dominaba la idea de permitirle a usted reencontrarse con una vida merecida. La ropa interior hermosa, como todo lo que llevamos puesto, nos mejora la presencia. Pero la ropa, linda o fea, cara o barata, es ajena a la maldad de él, y a su bondad intrínseca.
Rut agradeció. Se fue más segura. Seguramente más bella. No hay nada como aumentar la autoestima para mejorar la estampa.
De ahí, fui a un afamado negocio de ropa masculina, en el mismo centro comercial. Compré los calzoncillos más caros. Deseaba impresionar a mi cónyuge.