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Actualidad, Derecho, críticas de los actos políticos. Soy perfecto pero prefiero negarlo, le temo a los envidiosos y a las envidiosas.

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La esclava y el Coronel

          En el alto verano austral de 1813 vivía en Buenos Aires una esclava muy joven, de ojos azules y cabellera con tintes roji­zos. Sólo la nariz ancha y chata daban a la mujercita los rasgos mínimos para ser considerada negra, justificando su esclavitud. Nacida en casa patri­cia, lavaba la ropa de los amos diariamente en las orillas del Río de la Plata, de­bajo del Fuerte.

          También todos los días en las horas de más calor, a tiro de mosquete del Fuerte, cha­poteaba en las aguas muy bajas del mismo río una patrulla montada del Regimiento de Grana­deros a Caballo. El jefe del regimiento, el Coro­nel José Francisco de San Martín, man­daba los hombres a su mando a merodear alrededor del Fuerte. Así les recordaba a los gobernantes de Bue­nos Aires que otra vez po­drían ponerse las tropas en formación en la Plaza Mayor e impo­ner las auto­ridades. Así lo habían he­cho el pa­sado año de 1812, cuando por la auto­ridad de las armas el Co­ronel cambió un gobierno.

          Curioso cambio de oficios. Dicen, la au­toridad debe cambiar a los coro­neles, y no és­tos a las au­toridades. Parece ser que los he­chos de 1812 fueron una excepción. Con el ad­venimiento de la nue­va nación, dicen, épocas hubo en que la excepción fue la regla.

          Por el calor, los ca­ballos de la patrulla de Granaderos debían beber. Y muy buen abreva­dero era el río, tan cercano al Fuerte. Mientras los no­bles brutos saciaban la sed los jinetes desmonta­ban.

          Al mando de la pa­trulla iba un oficialito de rasgos bereberes, pelo re­negrido, ojos de carbón, piel del tono de las aceitu­nas madu­ras. Día a día el oficial miraba a la joven lavander­a de ojos azules y cabello rojizo. La mu­jer, sin ruborizarse, dejaba la labor de limpieza y miraba al oficial. Mezcla de curio­sidad y de­seo, a ambos los atraía la mutua visión de los cuerpos en el estío.

          Pero nada decían. Un oficial de un Re­gimiento de Granade­ros a Caballo no ha­bla con una esclava a la vis­ta y oído de los hombres por él diri­gidos, y me­nos ante los ojos de los guardianes del Fuerte y de las familias patricias con casas cerca­nas al río. Una esclava no se atreve a dirigir la pa­labra a un oficial del ejército, podría por ello ser repren­dida.

           Dicen, los esclavos deben ser negros y los amos blancos. Ex­traño in­tercambio de ra­zas. El ofi­cial era de piel bastante negra, y has­ta tenía el pelo enrulado. La esclava pa­saría por blanca si la vis­tieran cual niña de la socie­dad.

          Curioso (¿odio­so?) es el destino de los se­res humanos. En la nueva nación, dicen, no hubo más escla­vos. También dicen, ahora los esclavos no tienen color.

          Pasaron los días. Terminó el verano. El ofi­cial partió en comi­sión. Moriría en una no­che te­nebrosa en la Cancha Ra­yada. La es­clava re­cordó por el otoño al oficial y se le es­caparon unos suspi­ros, no muchos.

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